Bohemios locos por el pisco

07/10/2010

Cerros como demonios saludan al visitante cuando el avión aterriza. Así lo cantaba el grupo Amaral en una de sus canciones: “Santiago de Chile se despierta entre montañas”. La cordillera de Los Andes vigila una de las capitales latinoamericanas más boyantes, con su downtown de rascacielos de cristal (llamado Sanhattan) y una zona antigua cada vez más animada. Las plazas de la Constitución y de Armas sorprenden por su monumentalidad. La primera es una enorme explanada con el Palacio de la Moneda, sede del Gobierno chileno. Una mole blanca e imponente que ha sufrido lo suyo: acusó los bombardeos durante el golpe de Estado de Pinochet en 1973. Hoy todo es paz y señores enchaquetados que cruzan pegados a sus móviles. La segunda plaza, la de Armas, es un punto de encuentro: las campanas de la Catedral metropolitana como runrún, el edificio de Correos y varios palacetes. Se ve gente sentada y amigos que se esperan.

Quizá algunos vayan al mercado central, otro meeting point de lo más común. Huele a pescado y marisco. Ambos se sirven frescos en los restaurantes. Pruebe erizo, ostra y ceviche y querrá quedarse a vivir en la ciudad. Cuando se sale, uno se puede topar con edificios modernos junto a fachadas historicistas. Aún así, Santiago no olvida su pasado. La mejor manera de conocerlo es en el Museo del Arte Precolombino, que exhibe muestras de esculturas y cerámicas de Chile, pero también de países como Perú y México. El entorno del Museo Nacional de Bellas Artes, de estilo francés, pone la nota distinguida: palacios, cafés, teatros y librerías. Territorio intelectual. Los bohemios prefieren el barrio de Bella Vista, donde saludan las encantadoras casas de colores y uno se siente en un pueblo. Zona de pijos y ricos, ahora se muestra más alternativa. Aquí nos podemos ir de tiendas, bares, restaurantes y galerías de arte. No deje escapar la oportunidad de comprar artesanía típica del país y visitar La Chascona, casa-museo del poeta Pablo Neruda. Su aspecto exterior es rebuscado, como imitando a un barco, pero los interiores muestran las diferentes estancias donde el Premio Nobel encontraba sus musas.

Si hay tantos montes, habrá que subir alguno. Tome el funicular hacia el cerro de San Cristóbal, donde se puede visitar el zoo, el Jardín Botánico y el Museo del Vino. No deje escapar el cerro de Santa Lucía, con fuentes y parterres tan románticos que a uno se le antoja besar a alguien (mejor si es su pareja; se desaconseja besar a desconocidos). Pruebe los caldos chilenos, cada vez más reputados para los enólogos más finos, en el barrio de Las Condes. Siéntese a beber pisco sour, cóctel nacional (aunque también lo sea en Perú y ello dé lugar a discusiones) que se prepara con pisco, azúcar, limón y clara de huevo. Relaje las piernas con tanto subir y bajar. Bah, y no se asuste por Los Andes, que hasta ahora no se han comido a ningún turista.

Datos útiles:

  • El clima de Santiago se parece al del Mediterráneo. Los inviernos son templados (de mayo a septiembre) y los veranos calurosos (entre diciembre y marzo).
  • La moneda nacional es el peso chileno.
  • Se acostumbra a dar un 10% de propina en restaurantes, pero no en taxis.
  • Iberia ofrece un vuelo diario directo a Santiago de Chile desde Madrid, al que hay que añadir otro gracias al acuerdo de código compartido. Además, la aerolínea española dispone de cómodas conexiones para viajar desde cualquier otro aeropuerto de la red de Iberia. Para más información y reserva de estos vuelos, consulte nuestra web www.iberia.com

Foto | Márcio Cabral de Moura