La azarosa vida de un Flair Bird del 66

13/04/2011

Nunca un coche ha dado tanto juego. Corría el año 1955 cuando la casa Ford lanzaba al mercado un coche que haría historia. Tenía aspecto deportivo, a pesar de nunca pretender ser un deportista de élite, su motor jamás tuvo demasiado protagonismo. Su verdadera importancia residía en su carrrocería, en su interior y en su nombre: para bautizarlo, Ford organizó un concurso entre los empleados de la compañía. Aquel que sugiriera el nombre más atractivo ganaría el concurso, recibiendo 250 dólares americanos como recompensa. Alden Gibson, «Gib» para los amigos, fue el afortunado inventor del nombre Thunderbird. Tal vez, pretendió homenajear al Pájaro de Trueno, aquel que dice la mitología india de Arizona y Nuevo México, fue el gobernante del cielo y provocaba tormentas del desierto -tan necesarias para conseguir agua y sobrevivir- con el simple agitar de sus alas invisibles.

Trece generaciones de Thunderbirds sobrevivieron al paso de los años. Mismo estilo, misma línea, mismo nombre, aunque con toques y apellidos diferentes. De la primera generación, Classic Birds o Little Birds, saltamos a la cuarta, la más elegante de todas, de 1964 a 1966: los Flair Birds. Para quien esté un poco perdido, las famosas Thelma y Louise cabalgaron toda la película a lomos de un Thunderbird del 66. Y precisamente un año antes, en 1965 otro Flair Bird aterrizaba en el Salón del Automóvil de Barcelona. Destacaba por el contraste de su techo blanco con su colorada carrocería. Y así, cautivó a un alcalde de la España de la época. Vivió un tiempo en la costa norte española. Poco después, una apuesta perdida jugando a las cartas, cambió su destino y hasta 1975 se contoneó por la Castellana madrileña, de arriba a abajo y de abajo a arriba. Su nuevo dueño, además de sentir pasión por los grandes coches norteamericanos la sentía por los aviones: se dedicaba a pilotar aviones de Iberia.

Llegó la democracia a nuestro país y con ella manifestaciones, reivindicaciones y la peor etapa para el flamante Thunderbird. Durante una de ellas, un impacto de una piedra hizo añicos el parabrisas. El piloto nunca encontró un repuesto decente a la luna rota y, desde ese momento, estuvo encerrado en un garaje particular, del que solo salió para ser pintado de blanco y para trasladarlo en el año 80 al aparcamiento de las tripulaciones de Iberia en La Muñoza. Así estuvo 5 años, aparcado, sin pena ni gloria. A pesar de su deterioro evidente por la falta de uso y por algunas gamberradas, otra persona puso sus ojos en él. En esta ocasión, un ingeniero de vuelo de la flota de los DC-10 de Iberia: José María Hermoso.

José María sentía debilidad por este Pájaro de Trueno, y en un viaje a República Dominicana coincidió con su dueño. No perdió la oportunidad y se lo pidió. Como no tenía suficiente efectivo para la compra, su dueño se lo ofreció a cambió de que se hiciese cargo de los pagos pendientes del coche. No lo dudo ni un instante. Desde  ese momento el Flair Bird corrió mejor suerte y José María lo restauró de cabo a rabo. Incluso encontró una luna original y prácticamente nueva en un desgüace dominicano. A día de hoy este Thunderbird está en perfecto estado y su dueño reconoce que no le da ningún tipo de problema.

Larga vida a nuestro Thunderbird del 66.

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