Vencer la agorafobia

25/05/2019

Si la evitación de los lugares o situaciones temidos constituye la clave de la agorafobia, la mejor forma de superarla será, obviamente, la de exponernos a ellos, buscando tales lugares o situaciones y, una vez que nos encontremos en uno, permaneciendo en él el tiempo suficiente. Ya sabemos que esto es muchísimo más fácil de decir que de hacer, pero hemos de pensar que no perdemos nada con intentarlo y, además, que nos lo debemos a nosotros mismos, pues somos los responsables últimos de nuestras elecciones y no nos merecemos sufrir tanto.

Como vimos en un post anterior, para que la exposición resulte efectiva debemos enfrentarnos al objeto de nuestro miedo lo más bruscamente posible (tanto física como mentalmente, es decir, prestando plena atención a lo que hacemos, sin permitirnos ningún tipo de distracción), durante mucho tiempo y muy a menudo. Sin embargo, dada la multiplicidad y diversidad de lugares y situaciones implicadas en este trastorno así como el elevado nivel de ansiedad que suele provocar, es preciso introducir algunas puntualizaciones en esa «receta» general.

Para empezar, hay situaciones que, por su naturaleza, no permiten una exposición larga como, por ejemplo, ir en ascensor. En estos casos la solución es sencilla: se trata de repetir la exposición varias veces hasta conseguir estar mucho tiempo en esa situación. Pero la mayor dificultad estriba en esas situaciones que nos generan tanta ansiedad que las consideramos totalmente insoportables. En estos casos podemos hacer varias cosas: en primer lugar, graduar las exposiciones a fin de que veamos el objetivo de vencer nuestro miedo más asequible y nos decidamos a empezar; en segundo lugar, pedir a alguna persona en la que confiemos que nos ayude, acompañándonos en las primeras exposiciones, animándonos a intentarlo solos y retirándose gradualmente a medida que vayamos progresando; y, en tercer lugar, permitirnos escapar de la situación si nos ponemos demasiado nerviosos con la condición de retornar inmediatamente a ella en el momento en que nos hayamos serenado un poco.

Por otra parte, sabemos cómo relajarnos, cómo actuar en caso de que se produzca un ataque de pánico y cómo identificar y combatir los pensamientos automáticos negativos que puedan asaltarnos durante la exposición, así que no tenemos excusa para no atrevernos a dar el paso. Una vez más, distanciémonos de esa persona que tiene el problema y convirtámonos en esa otra persona que la aprecia mucho y que, por ese motivo, está dispuesta a echarle una mano. La persona que tiene el problema no querrá acudir a determinados lugares, pero esa otra persona que la aprecia mucho y que está dispuesta a echarle una mano es consciente de que si aquélla logra permanecer el tiempo suficiente en alguno de esos lugares, aunque lo esté pasando mal, habrá dado un paso gigantesco hacia su curación.

Grabémonoslo en nuestra mente: la agorafobia puede vencerse y nosotros vamos a demostrarlo.

Imagen | tupolev und seine kamera

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