Aventuras creativas en Viena

20/10/2016

Viena CreativaViena es, sin duda, una ciudad repetible. Sí, sí, lo he dicho bien: repetible. La dejamos en septiembre y ya estamos deseando volver a verla, así que permitidme que comparta con vosotros los secretos, momentos y aventuras de un recorrido de lo más creativo por la capital de Austria. Será a través del relato de nuestro fin de semana, uno en el que los personajes son la cultura, la gastronomía, el diseño, la gente, el ambiente, la vanguardia y la tradición.

Los ingredientes de nuestro viaje a Viena

En lo que a cultura se refiere, soy muy glotona. Por eso, antes de partir de viaje a Viena me esmeré en componer un menú de lugares a visitar al que, a modo de guión, me ceñiría (me conozco y en la ciudades creativas tiendo a desparramar). Así, mi estricto régimen vienés contenía los siguientes platos creativos:

– Compartir una merienda en el café del Hotel Sacher (Philharmonikerstraße 4) e hincarle el diente a una de sus celebérrimas tartas de chocolate. Caro pero deliciosamente único.

– Refugiarse una mañana o tarde de lluvia en el arte moderno del Museo Leopold (Museumsplatz, 1), visita que consumamos con el azul del cielo colándose por las ventanas del blanco edificio, dado que gozamos de sol, calor y demás ingredientes veraniegos. Si podéis, tomaos un cóctel en su bar, una caja de vidrio suspendida en las alturas, algo así como una ventana indiscreta desde la que observar a la gente que se concentra en la céntrica plaza de los museos de Viena.

– Pasar una mañana de domingo en el mercado Naschmarkt (¡error, es cuando cierra, id cualquier otro día o mejor el sábado!).

– Girar 360 grados en la histórica y pintoresca noria del Parque Prater. El domingo por la mañana, a eso de las 10h. y coincidiendo con la apertura del recinto, vimos como el parque se desperezaba y cumplimos nuestro propósito sin esperas ni colas. Además de tomarnos el café más rico y barato de todo el viaje (2,50 euros en un quiosco callejero), la visita al Parque Prater fue la excusa para cruzar al otro lado del río y acercarnos a la recomendable isla del Danubio. Allí, acabamos improvisando una de las experiencias más divertidas del viaje a Viena, al alquilar un “velomar” en un pequeño puertecito (14 euros la hora) y darnos una pintoresca vuelta por el río.

– Visitar la Hundertwasserhaus, la celebre e inconfundible casa del conocido arquitecto cuya fantasía no deja indiferente. ¡Me hacía tanta ilusión conocer en persona la obra de una figura tan desbordante de creatividad! Al quedar junto al río, combinamos la visita a Prater con el monográfico Hundertwasser. En ese sentido, más que la casa (que se puede fotografiar pero no visitar por dentro, y cuyo entorno, en mi opinión, queda algo desvirtuado), lo que me fascinó fue la cercana Kunst Haus Wien, otro edificio construido por Hundertwasser. Aquí sí se permite traspasar el continente, ya que el contenido es un museo. Ojo a las exposiciones temporales; mi visita coincidió con una retrospectiva del fotógrafo Martin Parr, uno de mis favoritos y otro genio al que admiro, así que imaginad mi sorpresa y mi cara de felicidad…

– Acercarse a la Biblioteca Nacional de Austria, de cuya deslumbrante belleza damos fe.

– Inspeccionar dos de los palacios más importantes de la ciudad: Belvedere (¡hay que detenerse ante “El Beso” de Klimt!) y la Residencia Imperial Hofburg (sí, la de Sissi Emperatriz y Francisco José I de Austria). El complejo de edificios y jardines de Belvedere, que no tiene desperdicio, nos abdujo durante toda una mañana, de manera que la pasta y el te helado que tomamos en su cafetería nos supo a gloria. En cuanto a Hofburg, digamos que es un laberinto de edificios históricos en el que podría perderme horas, en el que aprendimos mucho y disfrutamos aun más. Prestadle atención a la sencilla pero elegante fina delicada iglesia de los Agustinos.

De los platos descritos, algunos los tachamos de la lista… otros, no… pero, en cualquier caso, disfrutamos al máximo de un intenso y apabullante fin de semana en Viena. Como anécdota os contaré que tengo instalada en mi Smartphone una de esas aplicaciones para contar los pasos que doy, y que ese fin de semana mi amiga y yo batimos un record: 50.424 pasos (el equivalente a unos 36 kilómetros) en nuestras 48 horas en Viena, ¡me río yo de mi paseo por la Muralla China! ¿Sabéis eso que afirman de que andar ayuda al cerebro? Servidora volvió reseteada..

Viena, cuando desplazarse es un placer

¡Importante! Que no se me olvide contaros que moverse por Viena en transporte público es un baile musical, tan delicioso y fluido como el ritmo rápido de un vals vienés. El entramado de cables de los tranvías tejen su red sobre las cabezas de los transeúntes que, más que atrapados, se sienten liberados por ellas, máquinas que conviven con trenes y metros, y que les dan alas.

En nuestro caso, desde nuestra base de operaciones con vistas al Palacio Belvedere no tuvimos la necesidad de tomar ni un solo taxi. Además, gracias a la tarjeta turística que habíamos comprado con antelación -la “Vienna Card”- no pagamos nada por el transporte público. En definitiva, desplazarse por Viena es como prestar atención a alguna de las piezas de Strauss: todo un gus-ta-zo.

El día que nos enamoramos del “MuseumsQuartier” de Viena (MQ)

Por muy documentada que fuera, nadie me había dado pistas del profundo enamoramiento al que sucumbiría al adentrarme en el Barrio de los Museos de Viena.

El “MuseumsQuartier” de Viena (o MQ) y yo nos conocimos de noche, un viernes alegre en el que los vieneses habían decidido salir a la calle y dirigir sus pasos a uno de los complejos culturales más grandes del mundo. De él me cautivó su espíritu vital y su alegría, así como su amplitud de miras, que para todos –jóvenes, mayores, familias, solteros, casados- tuviera un hueco y una atención. De él me conquistó como había decorado su espacio, con esos originales bancos azules en plena plaza pensados para que los vieneses se sientan cómodos.

Al día siguiente regresamos al día siguiente. A la luz del día me gustó, si cabe, más que la noche anterior. Nos sentamos a comer en la terraza de La Kantine, un café-restaurante desenfadado, con diseño y bien de precio, y nos sumergimos de lleno en la animación reinante. Para la cena elegimos algo más sofisticado: una mesa para dos en el club Albertina Passage, un restaurante de etiqueta chic en el que ver y ser visto.

En el tintero nos quedaron maravillas como el bellísimo Museo de Historia Natural, o las 7 plantas de arte contemporáneo VIP del Mumok, el museo de arte moderno (Museumsplatz, 1) que es vecino del Leopold y que tiene una pinta apeteciblemente estimulante (pena pillarlo cerrado).

En definitiva, ¿por qué nadie nos avisó de que hay tanto que ver en Viena? Un fin de semana no basta, cada gran monumento merece media jornada de vuestro tiempo. No cometáis nuestro inocente error y reservadle un buen puñado de días de vacaciones a vuestro viaje a la capital de Austria.

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