Tokio, la ciudad que nunca acabas de ver entera

23/05/2017

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Lo que no sabes antes de ir la primera vez a Tokio es que vas a querer volver muy pronto. Esas vacaciones con las que llevas soñando durante meses se te van a hacer más cortas que nunca. Es así. Siempre pasa. Pero, para una vez que vas a Japón, “hay que ver lo máximo posible”, piensas. Además de Tokio, “hay que ir” a Kioto, Hiroshima, Osaka… Total, que no le vas a dedicar a la capital nipona el tiempo que se merece.

De las dos semanas que vas a estar en Japón, a esta ciudad le han tocado tres días enteros. Ha sido un proceso de toma de decisiones muy duro. Casi agónico. Pero había que elegir con la cabeza, no con el corazón.

Llegas al aeropuerto de Narita con una sonrisa de oreja a oreja y con un planning a tres colores más que preparado. Tienes tu guía, llevas mucho tiempo leyendo un montón de blogs de viajes y te han dado mil recomendaciones. Según todos los algoritmos, pros y contras que has tenido sesudamente en cuenta, tienes un poco de todo: tradición, modernidad y raruneces. Aunque sabes que vas con el tiempo justo, estás convencido de que no se te va a escapar nada. Solo necesitas madrugar mucho, ir un poco rápido y alargar el día hasta que tus piernas, tu cámara y tus ganas digan “basta”.

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Entre que llegas al hotel, te aclaras con el metro e intentas combatir dignamente el jet-lag, ya se te ha ido el primer día y solo has visto el Palacio Imperial que, por cierto, no te ha vuelto muy loco. Pero claro, está en el centro de la ciudad y sale en todas las guías y tours. ¿Cómo te lo ibas a saltar?

El segundo día te levantas más que pronto… al alba. Son las ventajas del cambio de hora. Sales con toda la fuerza y las baterías de la cámara bien cargadas, dispuesto a comerte Tokio de un lado a otro. Dicho y hecho. Aunque has desayunado abundantemente en el bufé del hotel, te llegan mil olores de cosas que no habías visto nunca y que te comerías una detrás de otra. Y tú que pensabas que en Japón solo había sushi…

De camino a Asakusa para ver el templo Sensõ-ji, la curiosidad te va parando constantemente para mirar cada cartel, cada trazo de caligrafía japonesa (Shodo), cada puesto callejero, cada escaparate.

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Ya frente al salón principal Hondo del templo, te ves fuertemente atrapado por toda la liturgia que le rodea: el temizu (ceremonia de ablución con cazos de agua), la quema de incienso, los amuletos, los dos aplausos… Emocionado, intentas replicar la ceremonia como buenamente puedes y te haces con un cuaderno goshuin-cho donde poder sellar tu vista al templo. Tanta información necesita un buen rato para ser procesada. Te sientas en un banco. Observando con la mirada perdida sin perder detalle.

Demasiadas emociones que desembocan de nuevo en un hambre atroz y que haces desaparecer en una de las muchas terrazas de la zona. Sin darte cuenta “se te ha ido medio día” y solo has hecho una de las cuatro visitas de médico que tenías en agenda para esta mañana. Asumes que el planning que traías no sólo era inviable, sino que no era el que te pedía el cuerpo, así que lo depositas solemnemente en una de las pocas papeleras que una ciudad tan limpia como Tokio tiene. Con todas sus notas al margen. Con sus tres colores. Empiezas de cero y te dejas llevar donde tus pasos y el instinto te lleven. Te pierdes un rato por el barrio de Sumida (que no estaba en tu lista) y apareces bajo el Sky Tree (que sí estaba). Ya que la casualidad te ha llevado hasta allí, subes al observatorio y te quedas a ver toda la función: Tokio de día, atardecer y encendido de luces. Adiós al día dos con todos los honores.

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Para tu último día en Tokio, y ya plenamente consciente de que vas a tener que volver de nuevo, sigues las recomendaciones de un francés con el que has hablado un rato en el desayuno y que lleva varios días por aquí. Te irás al santuario Meiji a por otro sello para tu cuaderno y a hacer un pequeño picnic improvisado en la explanada del Yoyogi Park. Si una inesperada siesta no te conquista, puede que te acerques con el tren Yurikamome a Odaiba a ver cómo la gente hace pompas de jabón o paddle surf en la bahía para, después, volver andando por el Rainbow Bridge al atardecer.

Camino del hotel caes en que, con tanto dejarte llevar, no has cumplido con una de tus máximas ilusiones: cruzar el paso de peatones más transitado del mundo en Shibuya. Como no es muy tarde, conectas el modo turista veloz con el que esperas poder ver Kioto, Osaka e Hiroshima en once días y te vas para allá. A cruzar sin parar de un lado a otro. Esquivando ejecutivos. Sorteando cosplays.

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Ya en la cama, haces mentalmente un pequeño repaso de lo que te llevas y de lo que dejas para otra. Te llevas haber sentido una ciudad que, para estar tan poblada, rebosa paz y tranquilidad por todos lados. Te llevas que priman las experiencias por encima de la agenda. Te llevas tus sellos. Te llevas los atardeceres. Y te dejas mucho. Un montón de buenas excusas para volver: pasear bajo los neones de Shinjuku, subir al edificio del Gobierno Metropolitano y a la Tokyo Tower, pasear por Roppongi y ver el Mori Art, entrar en las mil tiendas de Ginza, comer el plato típico de los luchadores de sumo en Ryogoku, ir a la lonja de pescado del mercado de Tsukiji, sentir el manga de Akihabara, adentrarte en Harajuku, recorrer Shimokitazawa, pasear por el parque Ueno, subir en la montaña rusa del Tokyo Dome, sellos que coleccionar… y un largo etcétera de comidas y postres que disfrutar a carrillos llenos.

Los mil lugares de Tokio te han resultado inabarcables. El espíritu de la ciudad, no.

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