¿Por qué viajamos?

21/11/2017

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Hay preguntas que pueden parecer algo absurdas al ser formuladas. “¿Por qué viajamos? Porque nos gusta” quizá haya sido tu primera reacción al leer el título de este artículo. Y sí, tienes razón, en esencia, cuando se viaja (salvo por huída de una situación complicada y, a veces, por trabajo) lo hacemos por placer, por gusto.

Pero siempre hay que intentar ir un poco más allá, rascar la superficie y ver qué es lo que se esconde bajo ese placer viajero. Para responder a esto hay que combinar esa primera pregunta con una segunda o, incluso, una tercera: ¿cómo viajas? ¿para qué viajas?

Te voy a dar un ejemplo de alguien que sabía muy bien lo que era viajar:

“Al enfilar un camino, a menudo tenemos la incertidumbre de que lo hacemos por primera y última vez en la vida, que nunca más volveremos a pisarlo, y por eso mismo no podemos descuidar nada, no podemos perder o pasar por alto un solo detalle.”

Esto lo escribió una vez Ryszard Kapuściński, reportero polaco y uno de los grandes cronistas de viaje del siglo XX. Así es como él viajaba: sintiendo el viaje como un nacimiento y una muerte constantes de aquellas cosas que observaba. Cada lugar y personas con las que se cruzaba tenían un tiempo caduco en su vida y, por ello, absorbía cada segundo que les dedicaba.

A partir de ahí, sería muy sencillo deducir su respuesta a la pregunta de este artículo, pero, de nuevo, lo voy a poner en su boca: «Para conocer a los otros hay que ponerse en camino, ir a buscarlos, llegar hasta ellos». Ése es el motivo por el que Kapuscinski viajaba: para conocer a los otros. Y la única forma de hacerlo era viajando. Viajar era un placer (y a la vez un trabajo), un placer porque le permitía acercarse a las historias de esas otras personas con las que compartimos planeta.

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Yo, en cierta forma, me siento muy identificado con su respuesta. El material que llevo durante mis viajes lo evidencia: un cuaderno, un bolígrafo, una grabadora, una cámara de fotos y dos lentes fotográficas muy peculiares: son lentes cortas, con las que necesitas acercarte a los motivos que vas a fotografiar para realizar una buena toma. Acercarte, tener contacto, conocer. Como cuando me alojé en casa de una familia cerca de Delhi, o para los retratos que hice durante mi viaje a Japón. Mis viajes, que al final acaban siendo también de trabajo, son, como para Kapuscinski, todo un placer.

Y ahí está lo más importante de todo: ahondar en el motivo por el que quiero viajar permitió que, incluso algo que siempre está asociado con lo rutinario y poco placentero como la palabra “trabajo”, se convirtiese en un placer.

Pero no quiero que se me malinterprete: viajar no es la solución para todo el mundo, ni mucho menos. Hay gente que encuentra felicidad en su trabajo sin que esté asociado a un viaje, pero hay algo común en casi todos nosotros: viajar es una de las formas con las que encontramos placer. Si ahondamos en la esencia de por qué viajar nos produce esa sensación (por ver amaneceres y lugares increíbles, por conocer culturas, por desconectar, por…) encontrará una buena forma de conocerse mejor y poder reencuadrar los aspectos de su vida que no estén tan en sintonía. Quizá la solución no esté en viajar más (como es el caso de Kapuscinski y mío), sino en hacer pequeños cambios en su día a día.

Las respuestas están dentro de cada uno y se esconden, sobre todo, en los detalles que nos hacen sentirnos felices. Si viajar (o cocinar, o escribir, o correr o…) es una de ellas, entonces: ¿Por qué viajas?