Empezando África por el sur

30/11/2017

Partamos de la base de que África es un continente que te produce tanta atracción como respeto. La misma emoción de querer ir a ver los cinco grandes a menos de dos metros o de perderse entre baobabs, jungla y desiertos es la que te echa un poco para atrás. Se está tan cómodo y seguro en casa que ¿para qué jugársela en la sabana si puedo verlo todo igualmente en fotos y documentales?

Entonces llega el momento en el que, a pesar de todo, te rebosan las ganas por dentro. De un día para otro, te lo piensas más o menos bien, reúnes el valor suficiente y decides adentrarte “por la puerta de atrás” en el continente desconocido. Ya está, billetes comprados, te vas a Sudáfrica. Al fin y al cabo, es el país más desarrollado del continente… “tampoco hay que tensar la cuerda más de lo necesario, ¿no?”, piensas.

A pesar de los nervios, el vuelo a Johannesburgo se te hace sorprendentemente corto. Nada más poner un pie en tierra y mirar un poco alrededor, decides dejar a un lado un montón de miedos infundados que traías contigo y que no te van a servir de nada. La misión principal es disfrutar del viaje, y te pones a ello a conciencia para llevarte buenos recuerdos a cambio de todos esos temores.

De Johannesburgo te llevas la emoción del arte que brota con fuerza en el emergente barrio de Maboneng, el corazón en un puño después de visitar la Constitution Hill y la tristeza extrema al ver tan de cerca la reciente y dura realidad de un país tras visitar Soweto y el Museo del Apartheid.

Después de sumergirte a conciencia en el Parque Nacional Kruger de donde te llevas “poder mirar a los ojos” a varios elefantes en libertad, admirar a las jirafas desde abajo o sentir los nervios al poder divisar algún león, te recomiendan que visites la Panorama Route. De allí te llevas las increíbles vistas desde la God’s Window, el hipnótico vértigo del Blyde River Canyon, la preciosa erosión de Bourke´s Luck Potholes y la elegante caída de la Berlin Waterfall.

Aunque ya por esto merecía la pena haber venido a Sudáfrica, te das un salto a Ciudad del Cabo de donde te llevas la cercanía de los pingüinos de Boulders Beach, las olas del Cabo de Buena Esperanza, los interesantes vinos de Constantia, el sinfín de colores del barrio de Bo-Kaap, las inesperadas vistas desde la Table Mountain y la dura historia de Robben Island.

Llegados a este punto quieres más y más, así que te lanzas a por la Whale Route, cuyo punto estrella es Hermanus (el primer lugar del mundo en avistamiento de ballenas), de donde te llevas guardados en la retina los momentos en los que, una tras otra, incontables ballenas se acercan a la costa para saludar, respirar, girar y volar. No puedes parar y te acercas a Gansbaai, santuario del tiburón blanco, y al Cabo de las Agujas, de donde te llevas la foto de haber estado en el punto más al sur de África. Recorriendo la Garden Route para ir coleccionando una playa tras otra en la cámara, caes en que una vez tuviste miedo al plantearte venir a Sudáfrica, pero ya no recuerdas exactamente por qué.

Como todo lo bueno se acaba, se acerca el vuelo de vuelta a casa y, por ende, tu vuelta a Johannesburgo. Aunque sientes que te dejas mucho por ver, toca una última parada: el Valley of Desolation. De allí, rodeado de tanta paz y tanto silencio, te llevas sentirte en lo más alto, en medio de la nada más grande.

Ya en el avión, miras por la ventanilla hacia abajo y te quedas pensando un buen rato. Suponías que verías animales de cerca, intuías que habría paisajes que te llamarían la atención, imaginabas que sería un viaje muy especial… y así ha sido. Lo que no sabías cuando compraste aquel billete a Sudáfrica es que cambiarías miedo por curiosidad, excusas por deseos y suposiciones por certezas. No sabías que, a partir de entonces, querrías más y más África. Entraste por “la puerta de atrás”, pero sientes que te vas por la puerta grande.