Cementerios de Hollywood: donde puedes ver más estrellas que en los Oscars

31/01/2017

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Cuando la Metro estaba en su apogeo, su eslogan era que tenía “más estrellas que el firmamento”; con el estudio ya desaparecido, la mejor manera de acercarse hoy día a las estrellas de la época dorada de Hollywood es pasearse por los fastuosos cementerios que pueblan Los Ángeles.

De hecho, el cementerio Forest Lawn, que cumple 110 años en 2017, era la mayor atracción turística de California hasta la inauguración de Disneylandia en 1955, y no es para menos: desde la entrada, con las mayores verjas de hierro del mundo, nada en sus parajes tiene el más mínimo aire fúnebre, con árboles centenarios, jardines perfectos y réplicas de esculturas de Miguel Ángel que no desentonarían en un museo. En recepción te preguntan sin ningún atisbo de ironía “a quién vienes a ver”, pero se niegan a darte el paradero de los mausoleos más célebres.

Un director del más allá podría rodar la película más espectacular de la historia con las estrellas que eligieron este lugar como su último reposo, probablemente no por casualidad. El majestuoso panteón de Elizabeth Taylor, con una gigantesca estatua de un ángel, está a tiro de piedra de la moderna sepultura de Spencer Tracy, que fue su padre en muchas películas, y de la de su gran amigo, Michael Jackson, a la que el público no tiene acceso.

Clark Gable yace junto a su gran amor, Carole Lombard, a dos metros del productor de su mayor éxito, Lo que el viento se llevó, así todo queda en familia.

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La fama parece obsesionar a algunos hasta el último momento, desde los que la rechazaron, como Humphrey Bogart, que está en un área privada, a los que, por el contrario, ponen su autógrafo en vez de su nombre en la lápida, como Nat King Cole o Alan Ladd.

Aunque muchos sigan creyendo que Walt Disney está congelado, la cruda realidad es que aquí descansan sus cenizas, en un patio íntimo y nada ostentoso rodeado de montañas que parecen sacadas de uno de sus cuentos de hadas. Cerca de la salida, en una coqueta capilla, donde se casó Ronald Reagan, está la tumba de James Stewart, donde un admirador le ha colocado una ondeante bandera americana.

Dejamos las afueras de la ciudad para ir al cogollo de Hollywood, junto a los estudios Paramount, donde el camposanto con el apropiado nombre de Hollywood Forever rivaliza a Forest Lawn en estrellato por metro cuadrado. Este icónico parque estuvo a punto de cerrarse por su deterioro absoluto hasta que un inversor lo compró por una ridícula cantidad hace unos años y le devolvió su esplendor original, atrayendo clientela rusa y armenia de los barrios vecinos.

Con sus obeliscos y panteones en forma de templos griegos y romanos, Hollywood Forever podría ser el decorado para una película épica de las que hacía el genio del género, Cecil B. deMille, que está enterrado aquí.

Con una vista dramática del cartel de Hollywood, si te suena el lugar es porque ha aparecido en cientos de películas y series de televisión, culminando en un papel protagonista en la cinta de Robert Altman El juego de Hollywood. En verano se hacen proyecciones al aire libre y puedes ver a familias completas haciendo picnics junto a la tumba de Tyrone Power y la fuente kilómetrica de uno de los fundadores de la industria cinematográfica, Douglas Fairbanks. La estrella más célebre es Rodolfo Valentino, cuyo nicho siempre cuenta con flores frescas que en su día le traía una misteriosa mujer de negro, que hoy se encuentra enterrada a pocos metros de él.

El camposanto cuenta con curiosos homenajes a celebridades que no yacen ahí, desde Toto, el perro de El Mago de Oz, a Hattie McDaniel, la criada de Lo que el viento se llevo, que no pudo ser enterrada aquí porque, en su día, los reglamentos lo prohibían a la comunidad afro-americana.

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Terminamos el tour en uno de los lugares favoritos de los cinéfilos en Los Ángeles. Escondido tras un multicine, a unos minutos de la Universidad UCLA, está el Westwood Village Memorial: pequeñísimo pero deslumbrante, este recinto era desconocido hasta que en 1962 Joe DiMaggio decidió enterrar ahí a su ex-mujer Marilyn Monroe, convirtiéndose de la noche a la mañana en un imán para el turismo.

A tiro de piedra te topas con el mínimo receptáculo con las cenizas de Burt Lancaster, muy cerca de las de Dean Martin y Natalie Wood, donde sus miles de fans depositan monedas de recuerdo constantemente.

En un jardín nuevo, Farrah Fawcett puede ver desde su tumba la terraza del apartamento donde vivió sus últimos años. Junto a ella, dos clásicos de la comedia, Jack Lemmon y su director favorito Billy Wilder, se reservan la última sonrisa. La lápida de Lemmon dice “Jack Lemmon en” como si estuviera preparando otra película. La de Wilder dice “Soy escritor, pero nadie es perfecto”, invocando la última línea de diálogo de su película Con faldas y a lo loco.

Pero, volviendo a Marilyn, ésta debe ser la quinta o sexta lápida que le tienen que instalar, ya que sus fans la intentan abrir y la cubren con besos y flores. El fundador de Playboy, Hugh Heffner, que la lanzó a la fama poniéndola en la portada del primer número de su revista, ha comprado el nicho junto al de ella por $75,000, confirmando que, en la vida o en la muerte, el estrellato siempre ha tenido un alto precio.

Imágenes | Sean Russellbetto rodriguesPixabay.

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