Claustrofobia

08/06/2019

Existen otras fobias específicas que también pueden amargarnos la experiencia de volar o incluso impedirnos coger un avión. Entre ellas destaca la claustrofobia, que como todos sabemos consiste en el miedo a los espacios cerrados. Si alguien siente un gran temor cada vez que utiliza un ascensor, atraviesa un túnel, viaja en metro, penetra en una habitación de reducidas dimensiones o se somete a técnicas de diagnóstico médico como el TAC o la RMN, entonces es normal que lo pase bastante mal dentro de un avión. Por esa razón, habría que detenerse un momento a pensar si la claustrofobia no constituirá la raíz o uno de los componentes principales de nuestro miedo a volar, puesto que, de ser así, centrar nuestros esfuerzos en el primer problema, mucho más sencillo, nos ayudaría a superar el segundo.

Al igual que ocurre con el resto de fobias específicas, el tratamiento más eficaz para hacer frente a la claustrofobia es la exposición en vivo. Se trata de colocarnos en la situación que más miedo nos genere y permanecer allí hasta que la ansiedad disminuya de forma significativa. Para hacernos una idea, durante la primera hora la ansiedad se reduce un 50%, durante la segunda un 20% y durante la tercera suele desaparecer por completo. Así que si estamos dispuestos a soportar los síntomas de ansiedad el tiempo suficiente, solucionaremos el problema en unas pocas sesiones. Además, siempre podemos relajarnos o poner en práctica alguna técnica para contrarrestar los ataques de pánico, con lo cual aceleraríamos el proceso y no sería necesario esperar tanto para que la ansiedad empiece a disminuir.

Por otra parte, muchas veces aquello que teme un claustrofóbico no es el espacio cerrado en sí, sino las implicaciones o consecuencias negativas que esto podría tener para él como, por ejemplo, quedarse encerrado o faltarle el aire. En estos casos, más que el típico miedo a los espacios cerrados, esta persona padecería un miedo a la restricción de movimientos o un miedo al ahogo. Sin embargo, esto tampoco debería ser un obstáculo para nosotros, pues también conocemos técnicas dirigidas a alterar el curso del pensamiento, como la identificación y sustitución de pensamientos automáticos negativos, o, por el contrario, a dejarlo fluir desde una posición neutra y no valorativa, como la atención o conciencia plena. En cambio, no se recomienda utilizar técnicas como la parada de pensamiento, la distracción, el humor o el control de la imaginación, ya que, en la medida en que suponen una especie de escape mental, arruinarían el potencial de la exposición a la situación temida.

Por tanto, si sufrimos claustrofobia o cualquier otro miedo específico que podamos manejar, no tenemos ninguna excusa para quedarnos de brazos cruzados y resignarnos a una vida limitada. Después de todo, parafraseando las palabras del señor Lionel Logue al rey Jorge VI en la película «El discurso del rey», «no necesitamos temer las cosas que temíamos a los 5 años».

Imagen | * Cati Kaoe *

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